El poder está en nosotros

El versículo del Evangelio de Mateo 9:8 encierra una tensión profundamente humana: el asombro ante lo extraordinario y, al mismo tiempo, la dificultad de comprender plenamente su origen.

“La gente al ver esto quedó muy impresionada y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres”. No es solo una reacción de admiración; es un reconocimiento colectivo de que lo divino puede manifestarse a través de lo humano. En el contexto del pasaje, tras la sanación realizada por Jesucristo, la multitud no solo observa un milagro físico, sino que percibe algo más profundo: una transferencia de autoridad, una cercanía inesperada entre Dios y el ser humano.

Aquí emerge una idea clave: el poder no es presentado como algo exclusivo o distante, sino como algo confiado, compartido. La gente no dice “Dios ha mostrado su poder”, sino “Dios ha dado poder a los hombres”. Esa diferencia es crucial. Habla de una dignidad otorgada, de una vocación elevada. Sugiere que el ser humano no está condenado a la impotencia, sino llamado a participar en la obra divina, a ser instrumento de sanación, justicia y compasión.

Sin embargo, también se puede leer entre líneas cierta incomprensión. La multitud reconoce el poder, pero tal vez aún no entiende plenamente quién es Jesús ni la profundidad de su misión. Ven el efecto, pero no necesariamente captan el significado completo. Esto refleja una constante en la experiencia humana: somos capaces de maravillarnos, pero no siempre de comprender.

Este versículo, entonces, invita a una doble reflexión. Por un lado, nos confronta con nuestra capacidad de asombro: ¿seguimos siendo capaces de reconocer lo extraordinario en medio de lo cotidiano? Por otro, nos interpela sobre nuestra responsabilidad: si Dios ha puesto poder —entendido como capacidad de hacer el bien— en manos humanas, ¿qué estamos haciendo con él?

En un mundo donde el poder suele asociarse con dominio o control, este pasaje propone una redefinición radical: el verdadero poder es el que restaura, el que levanta al otro, el que dignifica. Y ese poder, según el texto, no está lejos. Está, de alguna manera, en nosotros.

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