El Salmo 23, versículos1, 2, y 3 dice así: “El Señor es mi pastor: nada me falta; en verdes pastos él me hace reposar. A las aguas de descanso me conduce, y reconforta mi alma. Por el camino bueno me dirige, por amor de su nombre”.
Estas palabras, nacidas del corazón del rey David, no son solo un poema antiguo, sino una declaración viva de confianza absoluta en Dios. Son un susurro eterno que atraviesa el tiempo y se posa en el alma de quien decide creer.
Decir “El Señor es mi pastor” es mucho más que una frase: es rendirse con humildad, es reconocer que no caminamos solos. Un pastor no abandona, no hiere, no olvida. Él conoce a cada una de sus ovejas, vela por ellas en la noche, las guía con paciencia en medio de la incertidumbre y las protege incluso cuando ellas, por descuido o fragilidad, se apartan del camino.
Así es Dios con nosotros.
Nos conduce hacia lo que realmente necesitamos, aunque a veces no lo entendamos. Nos lleva a “verdes pastos” que no siempre coinciden con nuestros deseos, pero sí con nuestro bien. Nos acerca a “aguas de descanso” cuando el alma está cansada, cuando el corazón se siente herido, cuando la vida pesa más de lo que creemos poder soportar.
Y en medio de nuestras caídas, Él no se aleja.
Con frecuencia, el ser humano interpreta el dolor como castigo divino. Sin embargo, el amor de Dios no castiga: corrige, enseña, transforma. Él, que entregó a su propio Hijo por amor, no busca condenarnos, sino rescatarnos. Las consecuencias que enfrentamos muchas veces no nacen de su voluntad, sino de nuestras decisiones. Y aun así, incluso en esas circunstancias, Dios permanece.
Permanece esperando.
Permanece llamando.
Permanece amando.
Porque el verdadero drama no es que Dios se aleje, sino que nosotros, distraídos por el mundo, olvidamos escuchar su voz. Nos apartamos del rebaño, seguimos caminos propios, confiamos en nuestras fuerzas… y aun así, Él sale a buscarnos.
Como el Buen Pastor, no descansa hasta encontrarnos.
Y cuando lo hace, no reprocha: abraza. No acusa: perdona. No hiere: sana.
Volver a Dios es volver a casa. Es permitir que Él reconforte el alma, que ordene el corazón y que ilumine el camino. Es entender que, aun en medio de la tormenta, hay una guía firme, una presencia constante, un amor que no falla.
Porque cuando el Señor es nuestro pastor, incluso en la oscuridad más profunda, el alma puede descansar.
Porque con Él… verdaderamente, nada nos falta.